El rosario es la oración mariana por excelencia de la Iglesia católica. Es sencillo y profundo a la vez: se reza con los labios y con el corazón, meditando los grandes misterios de la fe. Millones de personas lo rezan cada día, solas o en familia. Si nunca lo has rezado, o si lo haces de memoria y quieres entenderlo mejor, esta guía paso a paso te acompaña desde la primera cuenta hasta la última.
El rosario es una escuela de contemplación. Mientras los labios repiten el Avemaría, el corazón se detiene en un misterio de la vida de Cristo. Esa combinación —palabra repetida y mirada contemplativa— calma la mente y abre el alma. Los papas lo han recomendado una y otra vez: San Juan Pablo II lo llamó "oración predilecta" y le dedicó una carta entera.
Rezarlo es caminar con María por la vida de su Hijo. Ella, que guardaba todas las cosas en su corazón, nos enseña a hacer lo mismo. Además, el rosario es una oración comunitaria natural: rezar en familia o en grupo une voces e intenciones de un modo que pocas cosas logran.
Solamente un rosario, aunque ni siquiera eso es imprescindible: puedes contar con los dedos. El rosario está formado por un crucifijo, una cuenta grande, tres pequeñas, otra grande y, alrededor, cinco decenas: cada decena tiene una cuenta grande y diez pequeñas.
Si no tienes uno, cualquier rosario sirve; también hay aplicaciones que lo guían y vídeos que lo rezan en comunidad. Lo importante no es el objeto, sino la intención con que lo tomas. Un rosario gastado de tanto uso es el más hermoso de todos.
En el rosario se rezan cuatro oraciones básicas. El Padrenuestro, enseñado por Jesús mismo. El Avemaría: "Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...". El Gloria: "Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo...". Y el Credo de los Apóstoles, que resume la fe.
Junto a ellas, muchas personas añaden la oración de Fátima: "Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia". Es una jaculatoria breve que se reza al final de cada decena.
Empieza con la señal de la cruz. En el crucifijo reza el Credo. En la primera cuenta grande, un Padrenuestro; en las tres pequeñas, tres Avemarías; en la siguiente grande, un Gloria. Ahora viene el corazón del rosario: anuncia el primer misterio, reza un Padrenuestro en la cuenta grande y diez Avemarías en las pequeñas, meditando el misterio.
Termina la decena con un Gloria y, si quieres, con la oración de Fátima. Así con las cinco decenas. Al final se reza el Salve: "Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra...". Y se termina con la señal de la cruz. En total, unos veinte minutos, o menos si rezas con devoción y sin prisas.
Los misterios son los acontecimientos de la vida de Cristo que se meditan. Los gozosos: la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Jesús, la Presentación en el Templo y el Niño perdido y hallado. Los dolorosos: la agonía en el Huerto, la flagelación, la coronación de espinas, el camino con la cruz y la crucifixión.
Los gloriosos: la Resurrección, la Ascensión, la venida del Espíritu Santo, la Asunción de María y su Coronación. Y los luminosos, añadidos por San Juan Pablo II: el Bautismo de Jesús, las bodas de Caná, el anuncio del Reino, la Transfiguración y la institución de la Eucaristía. Cada misterio es una puerta para entrar en la vida de Cristo.
La costumbre de la Iglesia reparte los misterios a lo largo de la semana. Los gozosos se rezan los lunes y sábados; los dolorosos, los martes y viernes; los gloriosos, los miércoles y domingos; y los luminosos, los jueves. Así, quien reza el rosario cada día recorre toda la vida de Cristo en una semana.
Pero esta distribución es una guía, no una obligación. Puedes rezar los misterios que más necesites según tu momento: los dolorosos en la tribulación, los gozosos en tiempos de espera, los gloriosos cuando necesitas esperanza. Lo importante es la fidelidad, no la perfección del calendario.
No hace falta rezarlo entero de golpe. Muchas personas rezan una decena en el transporte, otra a mediodía y el resto por la noche. Elige un momento fijo: por la mañana, antes de acostarte o de camino al trabajo. Si te distraes, no te angusties: vuelve a traer la mente al misterio y sigue.
Rezarlo en familia, aunque sea una decena, une la casa de un modo que no imaginabas. Y si lo que buscas es unir tu oración a la Eucaristía, puedes ofrecer tu rosario por una intención y, si lo deseas, solicitar una intención de misa para ese mismo fin. María, que nunca falla a sus hijos, acompaña cada Avemaría.