La Adoración Eucarística es la práctica de pasar tiempo en la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Después de la Misa, las Hostias consagradas se colocan en una custodia o copón sobre el altar, y los fieles vienen a orar ante la presencia real de Cristo.
Si la Eucaristía es verdaderamente Jesús: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, entonces se deduce que estar en Su presencia es lo más natural del mundo para un creyente. Cuando te sientas ante el Santísimo Sacramento, te sientas ante el Rey del Universo, que eligió quedarse con nosotros en esta humilde forma por amor.
No hay una forma incorrecta de orar ante el Santísimo Sacramento. Puedes:
A menudo, un período de Adoración concluye con la Bendición, el sacerdote bendice a la congregación con la custodia. Esta bendición lleva una gracia especial porque es Cristo mismo quien bendice.
Algunas parroquias mantienen la Adoración Perpetua: el Santísimo Sacramento está expuesto las 24 horas del día, los 7 días de la semana, con voluntarios que se inscriben para horas programadas. La Iglesia nunca cierra porque el Señor nunca duerme.
Sí, puedes entrar y orar. La adoración no exige estar en gracia para mirar a Cristo, igual que no lo exigía acercarse a Él cuando caminaba por Galilea. Eso sí, si llevas tiempo lejos, ese rato es una ocasión inmejorable para pedir luz y decidirte a confesarte pronto.
No te angusties. El sueño y la distracción son parte de nuestra condición, y Dios no mide tu oración por tu rendimiento. Cuando notes que te has ido, vuelve suavemente a su presencia sin regañarte. Una mirada repetida hacia Él ya es oración verdadera, aunque sea torpe.
No hay mínimo establecido. Pueden ser cinco minutos antes del trabajo o una hora entera. Lo importante es que vayas con cierta regularidad, no con duraciones heroicas. Muchos santos recomendaban breves visitas diarias porque sostienen el amor mejor que un esfuerzo aislado y largo una vez al mes.
Puedes, y conviene hacerlo. Siéntate cerca de la salida y lleva algo silencioso para ellos. Enséñales con tu ejemplo a mirar al Señor unos segundos. Si lloran, sal sin vergüenza y vuelve a entrar. Nadie te juzga y los niños aprenden que Jesús merece una visita.
No son lo mismo ni compiten. En la comunión recibes a Cristo dentro de ti, en unión íntima. En la adoración lo contemplas fuera, presente en la hostia. Ambos se alimentan mutuamente: quien adora desea comulgar mejor, y quien comulga bien siente ganas de quedarse después con Él.
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