Cuando un ser querido cae enfermo, sentimos la necesidad de hacer algo más que acompañar: queremos sostenerlo con nuestras manos, con nuestra presencia y también con nuestra oración. La Iglesia Católica ha cultivado desde siempre una rica tradición de oración por los enfermos, porque sabe que la enfermedad toca el cuerpo, pero también el alma. Rezar por quien sufre no es huir de la realidad ni negar la medicina: es poner la salud de esa persona en las manos de Dios, que es el médico de los médicos. En este artículo encontrarás plegarias de salud, salmos y consejos para orar con fe por tus seres queridos enfermos.
La oración por los enfermos nace de la fe en un Dios que ama la vida y que escucha el clamor de sus hijos. Jesús mismo dedicó gran parte de su ministerio a sanar: curó al leproso, devolvió la vista al ciego, levantó al paralítico y consoló a los afligidos. Al orar por los enfermos nos unimos a esa misma compasión de Cristo y reconocemos que, en último término, la salud es un don que recibimos de Dios.
Además, la oración transforma a quien la hace. Pedir por un enfermo nos ayuda a salir de nosotros mismos, a ejercitar la caridad y a mantener viva la esperanza incluso cuando las noticias médicas son difíciles. La comunidad cristiana está llamada a llevar a los enfermos ante el Señor, como aquellos hombres que bajaron a su amigo paralítico por el techo para ponerlo a los pies de Jesús.
La Biblia está llena de oraciones de súplica por la salud. El salmista clama: "Señor, Dios mío, a ti clamé y me sanaste" (Salmo 30, 3). El libro del Eclesiástico recomienda: "Hijo mío, en tu enfermedad no te descuides; ora al Señor, porque él te sana" (Eclo 38, 9). Y la carta de Santiago nos da una indicación concreta: "¿Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo" (Sant 5, 14-15).
Cuando la enfermedad toca a nuestra propia familia, las palabras pueden fallar. Esta plegaria puede ayudarte a poner nombre a lo que llevas en el corazón: "Padre misericordioso, tú que conoces el sufrimiento de cada uno de tus hijos, mira con amor a (nombre), que está enfermo. Dale fortaleza en su debilidad, paz en su angustia y consuelo en su dolor. Bendice a los médicos y a quienes lo atienden, y concede que, si es tu voluntad, recobre la salud. Que esta prueba nos acerque más a ti y nos enseñe a valorar cada día como un regalo. Te lo pedimos por intercesión de la Virgen María, salud de los enfermos. Amén".
Puedes rezar esta oración cada mañana y cada noche, encender una vela junto a una imagen de Cristo o de María, y ofrecer por el enfermo la comunión de los domingos. La perseverancia en la oración es señal de amor verdadero.
También los amigos necesitan nuestras oraciones. Una breve jaculatoria dicha a lo largo del día —"Señor, sánalo", "Jesús, confío en ti"— mantiene viva la intercesión. Puedes rezar así: "Señor Jesús, tú que pasaste haciendo el bien y curando a los enfermos, te encomiendo a mi amigo (nombre). Acompáñalo en su tratamiento, dale ánimo en los días difíciles y rodea su vida de personas que lo quieran. Haz que sienta tu presencia cercana en el silencio de la noche y en las horas de soledad. Amén".
No olvides que la oración se completa con gestos concretos: una visita, una llamada, una comida preparada con cariño o simplemente estar sentado en silencio junto a la cama. La caridad es oración hecha vida.
Los salmos son la escuela de oración del pueblo de Dios. El Salmo 23 ("El Señor es mi pastor, nada me falta") es uno de los más rezados junto a los enfermos. El Salmo 91 promete protección: "No temerás el terror de la noche ni la flecha que vuela de día". El Salmo 103 bendice a Dios "que sana todas tus dolencias". Puedes leer despacio uno de estos salmos, detenerte en la frase que más te llegue y convertirla en tu oración personal por el enfermo.
Además de la oración privada, la Iglesia ofrece el sacramento de la unción de los enfermos. Este sacramento conforta al enfermo, perdona los pecados y le da fortaleza espiritual, y en muchos casos restablece la salud corporal si conviene para su salvación. No es un sacramento solo para el momento de la muerte: se puede recibir ante una operación, una enfermedad grave o el deterioro de la edad avanzada. Habla con el sacerdote de tu parroquia y no dudes en pedirlo para ti o para un ser querido.
Finalmente, recuerda que el enfermo necesita más que fórmulas: necesita presencia. La oración junto a la cama, la lectura de un pasaje del Evangelio, el rezo del rosario en voz baja y la escucha paciente son los mejores remedios del alma. Y cuando la sanación no llega como esperábamos, la fe nos enseña a descubrir que Dios está presente incluso en el sufrimiento, y que ninguna lágrima se pierde ante su mirada. Sigue orando sin desanimarte: la oración por los enfermos nunca es en vano.