Día litúrgico: 1er domingo de Adviento · Santo del día: Beata María Magdalena
El primer domingo de Adviento abre un tiempo de espera y vigilancia. Isaías pone en labios del pueblo una súplica al Padre que redime, y el evangelio de San Marcos 13,33-37 recoge la orden de Jesús de mantenerse despiertos porque no sabemos cuándo llega el dueño de casa.
Libro de Isaías 63,16b-17.19b.64,2b-7.
Tú, Señor, eres nuestro padre, "nuestro Redentor" es tu Nombre desde siempre! ¿Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos y endureces nuestros corazones para que dejen de temerte? ¡Vuelve, por amor a tus servidores y a las tribus de tu herencia!
¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti! Cuando hiciste portentos inesperados, que nadie había escuchado jamás, ningún oído oyó, ningún ojo vio a otro Dios, fuera de ti, que hiciera tales cosas por los que esperan en él.
Tú vas al encuentro de los que practican la justicia y se acuerdan de tus caminos. Tú estás irritado, y nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti.
Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento.
No hay nadie que invoque tu Nombre, nadie que despierte para aferrarse a ti, porque tú nos ocultaste tu rostro y nos pusiste a merced de nuestras culpas.
Pero tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tu, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!
Salmo 80(79),2ac.3b.15-16.18-19.
Escucha, Pastor de Israel,
Tú que tienes el trono sobre los querubines,
reafirma tu poder y ven a salvarnos.
Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu vid,
la cepa que plantó tu mano,
el retoño que Tú hiciste vigoroso.
Que tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al hombre que Tú fortaleciste,
y nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
Carta I de San Pablo a los Corintios 1,3-9.
Hermanos: Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que él les ha concedido en Cristo Jesús.
En efecto, ustedes han sido colmados en él con toda clase de riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida que el testimonio de Cristo se arraigó en ustedes.
Por eso, mientras esperan la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no les falta ningún don de la gracia. El los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de la Venida de nuestro Señor Jesucristo.
Porque Dios es fiel, y él los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
Evangelio según San Marcos 13,33-37.
En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!".
Jesús no describe el final con señales ni fechas. Cuenta una escena sencilla: un hombre que se marcha, reparte tareas y deja al portero con una consigna. El portero no sabe la hora, solo sabe que debe velar. Esa ignorancia no lo paraliza, lo sostiene despierto. La vigilancia no es miedo, es atención sostenida. Llama la atención que el dueño asigna a cada uno su tarea antes de irse. La espera no es pasividad: cada servidor tiene algo que hacer. Velar significa cuidar lo que se nos confió, hacer lo cotidiano con los ojos levantados. El peligro que Jesús señala no es el error ni la duda, es el sueño: la costumbre que adormece, la rutina que apaga el deseo. La orden final es rotunda: «Estén prevenidos». Y añade que lo dice a todos, no solo a los discípulos de aquel momento. También a nosotros. El Adviento empieza con esta palabra porque la venida de Cristo no se agota en el pesebre: esperamos al que viene, al que ya vino y al que vendrá. Quien vive despierto descubre que la espera no es vacío, sino relación. El portero espera a alguien, no espera algo. Vigilar, entonces, es vivir con el corazón orientado. Es revisar cada día dónde se durmió la fe, dónde se volvió automático el amor. La tarea asignada sigue ahí, y la noche no es motivo de angustia sino de esperanza, porque el que viene es el dueño de casa, no un extraño.
Hoy aparta cinco minutos al final del día, antes de dormir. Revisa en silencio una sola pregunta: ¿en qué momento de esta jornada estuve realmente despierto para Dios? No busques culpas, solo reconoce. Luego di despacio: «Ven, Señor, y no me encuentres dormido». Termina con una señal de la cruz y descansa en paz.
Solicita una intención de misa
Jesús pide a sus discípulos que tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Lo compara con un portero que debe permanecer en vela mientras el dueño de casa está de viaje. La orden se extiende a todos: «Estén prevenidos».
El pueblo se dirige a Dios como Padre y Redentor, y le pregunta por qué permite que se desvíen sus corazones. Reconoce su rebeldía y su impureza, y suplica que Dios rasgue el cielo y descienda. Es una oración de humildad y confianza en quien sale al encuentro de los que esperan en él.
El salmo de este domingo es el Salmo 79, que recoge la súplica del pueblo para que Dios vuelva, muestre su rostro y los salve. Repite el estribillo que pide la venida del Señor y la restauración de su pueblo, en sintonía con la primera lectura de Isaías.
Puedes orar con la súplica de Isaías: «Vuelve, por amor a tus servidores». Hazla tuya y pide un corazón despierto. Luego toma la orden de Jesús y pide la gracia de no dormirte en la rutina. Cierra con un propósito concreto para esta semana de espera.
Que el dueño asigna a cada servidor su tarea antes de irse. La vigilancia no consiste en quedarse quieto, sino en cumplir lo encomendado con el corazón atento. El portero vela haciendo su trabajo, no mirando el reloj. La espera cristiana es activa y confiada.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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