Día litúrgico: Miércoles de la 31.ª semana del Tiempo Ordinario · Santo del día: San Carlos Borromeo
Hoy es miércoles de la trigésima primera semana del Tiempo Ordinario y la Iglesia recuerda a San Carlos Borromeo, pastor entregado a la reforma de su pueblo. Las lecturas nos ponen frente a una decisión seria: Pablo pide trabajar por la salvación y Jesús advierte que seguirlo exige calcular el costo.
Carta de San Pablo a los Filipenses 2,12-18.
Queridos míos, ustedes que siempre me han obedecido, trabajen por su salvación con temor y temblor, no solamente cuando estoy entre ustedes, sino mucho más ahora que estoy ausente.
Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor. Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones: así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo, mostrándole la Palabra de Vida. De esa manera, el Día de Cristo yo podré gloriarme de no haber trabajado ni sufrido en vano.
Y aunque mi sangre debiera derramarse como libación sobre el sacrificio y la ofrenda sagrada, que es la fe de ustedes, yo me siento dichoso y comparto su alegría.
También ustedes siéntanse dichosos y alégrense conmigo.
Salmo 27(26),1.4.13-14.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?
Una sola cosa he pedido al Señor,
y esto es lo que quiero:
vivir en la Casa del Señor
todos los días de mi vida,
para gozar de la dulzura del Señor
y contemplar su Templo.
Yo creo que contemplaré la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor.
Evangelio según San Lucas 14,25-33.
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo."
Jesús camina rodeado de mucha gente y, al darse vuelta, les dice algo que desconcierta. No busca aplausos ni multitudes entusiastas: busca discípulos que sepan lo que están eligiendo. Por eso habla de amar a los padres, a los hijos y hasta la propia vida «más que a mí», y de cargar la cruz. No se trata de despreciar a la familia, sino de ordenar el amor: cuando Dios ocupa el primer lugar, los demás amores se vuelven más verdaderos, no menos. El detalle de las dos parábolas llama la atención por su realismo. El que edifica una torre se sienta a calcular, y el rey que va a la guerra estudia si le alcanzan las fuerzas. Jesús no quiere seguidores improvisados que empiecen con fervor y abandonen a mitad de camino. La fe tiene un costo, y conviene mirarlo de frente. La frase final es dura: «cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo». Renunciar no significa necesariamente dejarlo todo materialmente, sino no dejar que nada nos posea. La primera lectura acompaña esta exigencia: Dios produce en nosotros el querer y el hacer, pero nosotros debemos trabajar por la salvación con temor y temblor, sin murmuraciones, brillando como luces en medio de una generación extraviada. La vida cristiana no es un entusiasmo pasajero, es una construcción constante, hecha de decisiones pequeñas y fieles, sostenida por la gracia.
Hoy dedica diez minutos a hacer tu propio cálculo: escribe en un papel qué lugar ocupa Jesús en tus decisiones concretas de esta semana. Luego elige una renuncia pequeña y real, algo que te guste y puedas ofrecer, y hazlo sin comentarlo a nadie. Termina pidiendo a San Carlos Borromeo que te ayude a sostener lo que empezaste.
Solicita una intención de misa
Jesús advierte a la multitud que lo sigue que ser su discípulo exige amarlo por encima de todo, cargar la cruz y renunciar a lo que se posee. Con dos parábolas, la torre y el rey en guerra, invita a calcular el costo antes de comprometerse, para no abandonar a mitad de camino.
Pablo pide trabajar por la salvación con temor y temblor, sabiendo que Dios produce en nosotros el querer y el hacer. Pide proceder sin murmuraciones ni discusiones, brillando como luces en medio de una generación extraviada, y alegrarse con él aunque su sangre se derrame como ofrenda.
El salmo de hoy es el 26, que expresa confianza en Dios como luz y salvación. El salmista afirma que el Señor es su refugio y que no temerá aunque acampen contra él. Es una respuesta orante a las lecturas: quien confía en Dios encuentra fuerza para sostener su decisión.
Puedes orar revisando tu corazón ante Dios: pregúntale qué amores ocupan el primer lugar y qué te impide seguirlo con libertad. Pídele luz para calcular con realismo el costo de tu fe y valor para renunciar a lo que te ata. Cierra agradeciendo que él mismo produce en ti el querer y el hacer.
No significa despreciar los bienes ni la familia, sino no dejar que nada ocupe el lugar de Dios. Cargar la cruz es aceptar cada día lo que cuesta ser fiel, y renunciar es vivir con el corazón libre, usando lo que tenemos sin que eso nos domine. Es una decisión diaria, no un momento aislado.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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