Día litúrgico: 32.º domingo del Tiempo Ordinario · Santo del día: San Dusdedit
Este domingo la liturgia nos pone frente a dos textos que hablan de la misma búsqueda: la Sabiduría que sale al encuentro del que la busca y el esposo que llega de improviso. La primera lectura describe una sabiduría cercana, que se deja encontrar; el evangelio muestra que esa cercanía pide una respuesta preparada. San Mateo 25,1-13 nos invita a revisar con qué aceite vivimos la espera.
Libro de la Sabiduría 6,12-16.
La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean.
El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta. Meditar en ella es la perfección de la prudencia, y el que se desvela por su causa pronto quedará libre de inquietudes.
La Sabiduría busca por todas partes a los que son dignos de ella, se les aparece con benevolencia en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos.
Salmo 63(62),2.3-4.5-6.7-8.
Señor, tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti,
por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua.
Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán.
Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada
como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará
con júbilo en los labios.
Mientras me acuerdo de ti en mi lecho
y en las horas de la noche medito en ti,
Veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.
Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 4,13-18.
No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él.
Queremos decirles algo, fundados en la Palabra del Señor: los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan muerto.
Porque a la señal dada por la voz del Arcángel y al toque de la trompeta de Dios, el mismo Señor descenderá del cielo. Entonces, primero resucitarán los que murieron en Cristo.
Después nosotros, los que aún vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos al cielo, sobre las nubes, al encuentro de Cristo, y así permaneceremos con el Señor para siempre.
Consuélense mutuamente con estos pensamientos.
Evangelio según San Mateo 25,1-13.
Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.
Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: 'Ya viene el esposo, salgan a su encuentro'.
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: '¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?'.
Pero estas les respondieron: 'No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado'. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: 'Señor, señor, ábrenos', pero él respondió: 'Les aseguro que no las conozco'. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.
Jesús cuenta una escena de bodas. Diez jóvenes esperan al esposo con sus lámparas encendidas, pero el tiempo se alarga y todas se duermen. El detalle que separa a las necias de las prudentes no es la vigilia ni la buena intención: es el aceite guardado en los frascos. Nadie puede prestarlo, porque la reserva de cada una sostiene su propia llama. Cuando llega el grito de medianoche, la diferencia se vuelve visible de golpe. Llama la atención que las prudentes no sean heroicas ni estén despiertas toda la noche. También duermen. Su previsión no las hace perfectas, solo disponibles. El aceite representa eso que se acumula en silencio: la oración sostenida en días sin emoción, la paciencia con quien nos cuesta, la fidelidad pequeña que nadie aplaude. No se improvisa a medianoche; se compra antes, en lo cotidiano. La respuesta del esposo a las que llegan tarde suena dura: «Les aseguro que no las conozco». No es un capricho, sino la verdad de un vínculo que no se construyó. Él las conoce por su espera, no por su apuro final. La fe no se reduce a un momento de urgencia, sino a una relación alimentada durante la espera. Para quien lee esto hoy, la pregunta no es cuándo llegará el esposo, sino qué aceite estoy juntando mientras llega. La vida diaria, con sus rutinas y sus cansancios, es el lugar donde se llena el frasco. La advertencia final, «no saben el día ni la hora», no busca asustar, sino despertar una previsión serena: vivir de tal modo que la llegada nos encuentre con la lámpara encendida y el corazón conocido por el Señor.
Hoy aparta diez minutos sin pantallas y pregúntate qué aceite estás juntando: qué gesto pequeño repites cada día y te acerca al Señor. Elige uno concreto para esta semana, por ejemplo saludar o llamar a alguien que suele pasar desapercibido, y hazlo sin esperar recompensa. Al terminar el día, agradece ese detalle como parte de tu reserva. La espera se vuelve fecunda cuando la llenas de fidelidad silenciosa.
Solicita una intención de misa
Jesús muestra que ambas esperan al esposo, pero solo las prudentes guardan aceite de reserva. La diferencia no está en la intención, sino en la previsión. El aceite representa la fidelidad acumulada en lo cotidiano, esa reserva que sostiene la fe cuando la espera se alarga y el cansancio llega.
Pide buscar la Sabiduría con deseo sincero y constancia. El texto dice que ella se anticipa a los que la desean y que el que madruga para buscarla no se fatigará. Buscarla implica meditar en ella y ordenar la vida según esa prudencia, confiando en que sale al encuentro de quien la busca de verdad.
El salmo de este domingo acompaña la primera lectura y el evangelio con la imagen de la sed de Dios. Su respuesta invita a buscar al Señor con el corazón despierto, como quien espera y desea. Puedes rezarlo despacio antes de la misa, dejando que esa sed de Dios se vuelva oración personal.
Toma el grito de medianoche y hazlo tuyo: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro». Repítelo en silencio por la mañana y revisa qué aceite tienes guardado. Ora con honestidad sobre tus reservas y tus descuidos, y pide al Señor un corazón previsor, que no viva de urgencias sino de fidelidad diaria.
Porque el vínculo no se había construido durante la espera. No se trata de un rechazo arbitrario, sino de la verdad de una relación que no existió. El esposo conoce a quienes compartieron la espera con él. La fe se alimenta en lo cotidiano, no se improvisa en el último momento.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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