Día litúrgico: Jueves de la 33.ª semana del Tiempo Ordinario · Santo del día: Santa Matilde Hackeborn
Jueves de la 33.ª semana del Tiempo Ordinario, con la memoria de Santa Matilde Hackeborn. La liturgia de hoy pone frente a frente dos llantos: el de Juan en el Apocalipsis, porque nadie era capaz de abrir el libro, y el de Jesús en San Lucas 19,41-44, al ver la ciudad que no reconoció su visita. Dos escenas que invitan a mirar con hondura el tiempo que Dios nos da.
Apocalipsis 5,1-10.
Yo, Juan, vi en la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un Angel poderoso que proclamaba en alta voz: "¿Quién es digno de abrir el libro y de romper sus sellos?".
Pero nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de ella, era capaz de abrir el libro ni de leerlo. Y yo me puse a llorar porque nadie era digno de abrir el libro ni de leerlo.
Pero uno de los Ancianos me dijo: "No llores: ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y él abrirá el libro y sus siete sellos". Entonces vi un Cordero que parecía haber sido inmolado: estaba de pie entre el trono y los cuatro Seres Vivientes, en medio de los veinticuatro Ancianos. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados a toda la tierra.
El Cordero vino y tomó el libro de la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono. Cuando tomó el libro, los cuatro Seres Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron ante el Cordero. Cada uno tenía un arpa, y copas de oro llenas de perfume, que son las oraciones de los Santos, y cantaban un canto nuevo, diciendo: "Tú eres digno de tomar el libro y de romper los sellos, porque has sido inmolado, y por medio de tu Sangre, has rescatado para Dios a hombres de todas las familias, lenguas, pueblos y naciones.
Tú has hecho de ellos un Reino sacerdotal para nuestro Dios, y ellos reinarán sobre la tierra".
Salmo 149(148),1-2.3-4.5-6a.9b.
Canten al Señor un canto nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que Israel se alegre por su Creador
y los hijos de Sión se regocijen por su Rey.
Celebren su Nombre con danzas,
cántenle con el tambor y la cítara,
porque el Señor tiene predilección por su pueblo
y corona con el triunfo a los humildes.
Que los fieles se alegren por su gloria
y canten jubilosos en sus fiestas.
Glorifiquen a Dios con sus gargantas;
ésta es la victoria de todos sus fieles.
Evangelio según San Lucas 19,41-44.
Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: "¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios".
Jesús llega a la vista de Jerusalén y hace algo que desconcierta: llora. No llora por miedo ni por cansancio, llora por la ciudad que tiene delante. El texto dice que se puso a llorar por ella y que dijo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz!». Lo que duele no es la falta de información, sino la falta de reconocimiento. La paz estaba ahí, a la mano, y pasó desapercibida. Llama la atención que el llanto precede al anuncio del desastre. Jesús no se alegra de lo que va a suceder; lo dice con el corazón apretado. El juicio no es un desquite de Dios, es la consecuencia de no haber sabido reconocer el momento. La ciudad no es castigada por ignorancia sino por no haber querido mirar lo que tenía delante. Ese es el punto que toca nuestra vida: también nosotros vivimos rodeados de visitas de Dios que se confunden con la rutina, con la persona incómoda, con la ocasión pequeña de hacer el bien. El llanto de Jesús no es el final del relato. Es una llamada a despertar antes de que el tiempo se cierre. La Cuaresma no es la única temporada de conversión; cualquier jueves puede ser el día en que se nos pide reconocer lo que tenemos delante. La pregunta no es si Dios visita, sino si estamos mirando. La fe se juega en esa capacidad de ver lo que ya está sucediendo a nuestro alrededor, y de responder a tiempo.
Hoy dedica cinco minutos a repasar tu día y pregunta: ¿qué visita de Dios pasé por alto? Puede ser una persona, una oportunidad de servir, una palabra que necesitaba escuchar. Anota una y dale gracias. Luego reza con el llanto de Jesús por tu ciudad: nombra tu barrio, tu familia, tus preocupaciones, y pide ojos para reconocer la paz que ya está cerca.
Solicita una intención de misa
San Lucas 19,41-44 muestra a Jesús que llora al ver Jerusalén porque no reconoció el momento de su visita. No llora por debilidad, sino por amor dolorido ante una ciudad que tenía la paz delante y no la vio. Su llanto revela el corazón de Dios ante la ceguera humana.
Apocalipsis 5,1-10 presenta el libro sellado que nadie puede abrir, y el llanto de Juan. La lectura pide confiar en el Cordero que ha triunfado: solo él es digno de abrir la historia. Nos invita a no desesperar cuando el sentido se nos oculta, y a esperar en el que tiene la llave.
El salmo responsorial de este jueves es el Salmo 149, que alaba al Señor con danza y música, y se alegra porque el Señor ama a su pueblo. Se reza como respuesta a la primera lectura: el triunfo del Cordero merece alabanza, no lamento.
Puedes orar en dos pasos: primero, reconoce tus propias cegueras y pide perdón por lo que no viste; segundo, alaba al Cordero que abre el libro de tu historia. Cierra con una petición concreta: ojos atentos para reconocer la visita de Dios en lo cotidiano.
Que Jesús anuncia el desastre con lágrimas, no con ira. El castigo de Jerusalén no es un desquite divino, sino la consecuencia de no haber reconocido el tiempo de la visita. Ese detalle cambia la imagen de Dios: no goza con el juicio, llora por lo que se pierde.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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