Día litúrgico: Martes de la 1.ª semana de Adviento · Santo del día: Beata Clementina Nengapeta Anuarite
El Adviento abre su primera semana con una promesa que atraviesa el profeta Isaías: de un tronco seco brota un retoño, y sobre él reposa el Espíritu del Señor. El evangelio de hoy nos muestra a Jesús estremeciéndose de gozo porque el Padre revela sus secretos a los pequeños. Dos lecturas que se miran: la justicia que nace de una raíz humilde y la alegría de quienes reconocen al Hijo.
Libro de Isaías 11,1-10.
En aquel día, saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor -y lo inspirará el temor del Señor-. El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país; herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.
La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus caderas. El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en companía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey.
El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora, meterá la mano el niño apenas destetado. No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada.
Salmo 72(71),2.7-8.12-13.17.
Para que gobierne a tu pueblo con justicia
y a tus pobres con rectitud.
Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz, mientras dure la luna;
que domine de un mar hasta el otro,
y desde el Río hasta los confines de la tierra.
Porque él librará al pobre que suplica
y al humilde que está desamparado.
Tendrá compasión del débil y del pobre,
y salvará la vida de los indigentes.
Que perdure su nombre para siempre
y su linaje permanezca como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos
y todas las naciones lo proclamen feliz.
Evangelio según San Lucas 10,21-24.
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!".
Jesús ora en voz alta y lo hace con el cuerpo: el evangelio dice que se estremeció de gozo movido por el Espíritu Santo. No es una alegría tranquila de manual; es un movimiento interior que lo lleva a alabar al Padre. Y el motivo de esa alabanza es extraño para nuestra lógica: Dios esconde las cosas a los sabios y prudentes y las revela a los pequeños. No se trata de que la inteligencia estorbe, sino de que la suficiencia cierra la puerta. El que cree saberlo todo no deja espacio para que se le revele nada. Llama la atención que Jesús celebre precisamente eso: que el conocimiento del Padre y del Hijo no se compra ni se conquista, se recibe. «Nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». La fe es un regalo que llega a quien tiene las manos abiertas, y las manos se abren cuando uno reconoce que no se basta. Después se vuelve hacia los discípulos y los llama felices. Ellos ven y oyen lo que muchos profetas y reyes desearon. Y sin embargo, en ese momento no entienden todo. Ver no es comprender del todo; es estar delante de alguien y dejarse mirar. El Adviento nos entrena en eso: esperar sin tenerlo todo claro, como un niño pequeño que confía en la mano que lo conduce, esa imagen que Isaías pone al frente de los animales reconciliados. La pequeñez no es una virtud triste: es la puerta de la alegría que Jesús siente y comparte.
Hoy, antes de rezar, reconoce en voz baja una sola cosa que no puedes resolver por ti mismo. No la expliques ni la justifiques: nómbrala y déjala delante de Dios. Luego pide el Espíritu de sabiduría y de inteligencia que Isaías anuncia, y termina dando gracias por algo pequeño y concreto que hayas visto hoy. La gratitud abre los ojos tanto como la humildad.
Solicita una intención de misa
San Lucas 10,21-24 muestra a Jesús que se estremece de gozo movido por el Espíritu Santo y alaba al Padre. Su alegría nace de que Dios revela sus misterios a los pequeños y no a los que se creen sabios. No es una alegría por sí mismo, sino por lo que el Padre hace en la gente sencilla.
Isaías presenta una rama que brota del tronco de Jesé, y sobre ella reposa el espíritu del Señor con sus dones. Pide confianza: de lo que parece seco puede nacer vida. También invita a esperar un juicio justo para los débiles y los pobres, y una paz en la que el lobo y el cordero conviven.
El salmo de esta celebración acompaña la espera del Adviento y pide justicia y rectitud para los humildes de la tierra. Su tono es de súplica confiada: quien ora reconoce que la salvación viene de Dios y no de sus propias fuerzas, y se dispone a recibirla con un corazón disponible.
Siéntate un momento en silencio y repite despacio la alabanza de Jesús al Padre. No pidas muchas cosas; más bien pregunta qué te impide ser pequeño delante de Dios. Después nombra a una persona pobre o débil que conozcas y pide por ella, uniendo tu oración a la justicia que anuncia Isaías.
Porque los discípulos están delante del Hijo, y eso supera cualquier expectativa anterior. Profetas y reyes esperaron la llegada del Mesías sin verla cumplida. Jesús no los desprecia; señala el privilegio de sus discípulos y les pide que no lo den por supuesto. Ver al Hijo es un don que pide correspondencia.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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