Día litúrgico: 25.º domingo del Tiempo Ordinario · Santo del día: San Andrés Kim
Hoy, 25.º domingo del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos invita a contemplar la misericordia de Dios. La primera lectura, del profeta Isaías, nos llama a buscar al Señor y a dejar atrás nuestros caminos torcidos, porque sus pensamientos y caminos son muy superiores a los nuestros. El evangelio de San Mateo 20,1-16a nos presenta la parábola de los obreros de la viña, donde el dueño paga a todos por igual, mostrándonos que la generosidad de Dios no se ajusta a nuestras medidas humanas.
Libro de Isaías 55,6-9.
¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva el Señor, y él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar.
Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes.
Salmo 145(144),2-3.8-9.17-18.
Señor, día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar.
¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza:
su grandeza es insondable!
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas.
El Señor es justo en todos sus caminos
y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan,
de aquellos que lo invocan de verdad;
Carta de San Pablo a los Filipenses 1,20c-24.27a.
Así lo espero ansiosamente, y no seré defraudado. Al contrario, estoy completamente seguro de que ahora, como siempre, sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo.
Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si la vida en este cuerpo me permite seguir trabajando fructuosamente, ya no sé qué elegir.
Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo.
Solamente les pido que se comporten como dignos seguidores del Evangelio de Cristo. De esa manera, sea que yo vaya a verlos o que oiga hablar de ustedes estando ausente, sabré que perseveran en un mismo espíritu, luchando de común acuerdo y con un solo corazón por la fe del Evangelio,
Evangelio según San Mateo 20,1-16a.
porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: 'Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: '¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?'. Ellos les respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Entonces les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: 'Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros'.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.
Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: 'Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada'.
El propietario respondió a uno de ellos: 'Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?'. Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».
El pasaje del evangelio de hoy nos habla de un propietario que contrata obreros a distintas horas del día: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y al caer la tarde. A todos les promete un denario, y al final les paga lo mismo, comenzando por los últimos. Los primeros, al ver esto, protestan porque se sienten tratados injustamente, pues han soportado el peso del trabajo y el calor. El dueño responde a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?». Este detalle llama la atención: la queja no es por un salario incumplido, sino por la bondad del patrón hacia los últimos. La parábola no trata de justicia laboral, sino de la lógica del Reino, donde la gracia de Dios no se compra ni se merece, sino que se recibe como don. Nos recuerda que todos somos llamados a trabajar en la viña del Señor en distintos momentos de la vida, y que la recompensa final es la misma: la comunión con Él. La reacción de los primeros obreros refleja nuestra tendencia a medir el amor de Dios con criterios de mérito y a envidiar su generosidad con los demás. ¿Cuántas veces nos hemos molestado porque alguien que consideramos menos digno recibe el mismo perdón, la misma gracia? La parábola nos invita a dejar de calcular y a confiar en la bondad del dueño de la viña, que quiere que todos participen de su alegría. Al final, la frase «los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos» no es una amenaza, sino una advertencia contra la soberbia de creernos con derechos adquiridos. La vida cristiana no es una carrera de méritos, sino una respuesta agradecida a una llamada gratuita. Hoy, como los obreros de la plaza, podemos sentir que nadie nos ha contratado, que llegamos tarde a la fe, pero el Señor sigue saliendo a buscarnos a cualquier hora. Su generosidad no tiene límites, y su llamado es siempre una oportunidad para trabajar en su viña, sin envidias ni comparaciones.
Hoy dedica un momento a examinar si hay envidia o resentimiento en tu corazón hacia alguien que ha recibido una gracia que tú consideras inmerecida. Pide al Señor que te dé un corazón agradecido y generoso, capaz de alegrarse por el bien de los demás. Puedes rezar el salmo 144, que proclama que el Señor es justo y bueno con todos, y pedirle que te ayude a confiar en su providencia.
Solicita una intención de misa
La parábola muestra que la justicia de Dios no se limita a dar a cada uno lo que merece, sino que se desborda en misericordia. El dueño paga a todos lo mismo porque quiere que todos tengan lo necesario, sin importar cuánto hayan trabajado. Su justicia es generosa y supera nuestros cálculos humanos.
Isaías nos pide buscar al Señor mientras se deja encontrar y llamarlo mientras está cerca. Nos invita a dejar el camino del mal y los pensamientos perversos, y a volver a Dios, que es generoso en perdonar. Nos recuerda que sus caminos y pensamientos son infinitamente superiores a los nuestros.
El salmo responsorial de este domingo es el 144, que proclama: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia». Nos asegura que el Señor es bueno con todos y que su misericordia se extiende a todas sus obras, invitándonos a confiar en su bondad.
Puedes orar pidiendo al Señor que te ayude a confiar en su misericordia y a dejar de lado la envidia. Dedica unos minutos cada día a agradecer sus dones y a pedir un corazón generoso, que se alegre por la gracia que otros reciben. También puedes meditar en la frase «los últimos serán los primeros» y aplicarla a tu vida.
Se quejan porque esperaban recibir más que los últimos, al ver que el dueño fue generoso con ellos. Su queja no es por injusticia, sino por envidia. No valoran el trato justo que hicieron, sino que se comparan con los demás y se molestan por la bondad del patrón.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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