Día litúrgico: 28.º domingo del Tiempo Ordinario · Santo del día: San Juan XXIII
Hoy la liturgia nos sienta a la mesa del Señor. Isaías anuncia un banquete donde Dios mismo enjugará las lágrimas y destruirá la muerte. El evangelio retoma esa imagen con la parábola del rey que celebra las bodas de su hijo y abre la sala a todos los que encuentre por los caminos.
Libro de Isaías 25,6-10a.
En aquel día: El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados.
El arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos, el paño tendido sobre todas las naciones. Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo, porque lo ha dicho él, el Señor.
Y se dirá en aquel día: "Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!".
Porque la mano del Señor se posará sobre esta montaña.
Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6.
El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas.
Me guía por el recto sendero,
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo.
Carta de San Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20.
Hermanos: Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada.
Yo lo puedo todo en aquel que me conforta. Sin embargo, ustedes hicieron bien en interesarse por mis necesidades. Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús.
A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Evangelio según San Mateo 22,1-14.
Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: 'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. 'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.
La parábola de San Mateo 22,1-14 habla de un rey que prepara la boda de su hijo y envía servidores a avisar a los invitados. La respuesta es desconcertante: unos siguen con su campo o su negocio, otros maltratan y matan a los enviados. El rey no cancela la fiesta; la abre a los cruces de los caminos. El detalle que llama la atención es que la sala se llena de «buenos y malos», pero al entrar el rey encuentra a uno sin traje de fiesta y lo echa fuera. Ese traje no es un adorno: es la vida dispuesta a dejar entrar al Señor. La invitación es gratuita y amplia, pero no indiferente. Dios llama a todos, y responder exige algo real: cambiar de rumbo, dejar el propio campo y el propio negocio para entrar en su alegría. La primera lectura da el horizonte: el Señor «enjugará las lágrimas de todos los rostros». El banquete no es una fiesta cualquiera, es la victoria sobre la muerte. Quien se sienta a esa mesa con el traje de fiesta, es decir, con una vida reconciliada, ya participa de esa victoria. La advertencia final, «muchos son llamados, pero pocos son elegidos», no es un dato de números, es una llamada a no quedarse en la puerta mirando. Hoy también somos invitados; la pregunta es si estamos dispuestos a entrar con el traje que el mismo rey nos ofrece.
Antes de dormir, haz un examen breve: ¿a qué me está invitando Dios hoy y qué excusa puse? Nombra una sola cosa concreta que te apartó de la oración, del perdón o del servicio. Pide al Señor que te quite ese «campo» o ese «negocio» de las manos y te vista con su gracia. Ofrece mañana una acción pequeña que sea entrar al banquete: una misa, una visita al Santísimo, una reconciliación.
Solicita una intención de misa
Jesús cuenta la parábola de un rey que prepara las bodas de su hijo. Los invitados rechazan la invitación y maltratan a los servidores. El rey abre el banquete a todos los que encuentren en los caminos, buenos y malos. Uno entra sin traje de fiesta y es echado fuera. Termina con la frase: muchos son llamados, pero pocos son elegidos.
Anuncia que el Señor ofrecerá sobre la montaña un banquete de manjares suculentos y vinos añejados para todos los pueblos. Arrancará el velo que cubre a las naciones, destruirá la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará el oprobio de su pueblo. Es una promesa de salvación universal.
El salmo de hoy es el 23, que proclama: habitaré en la casa del Señor por años sin término. Expresa la confianza del que ha sido invitado a la mesa de Dios y sabe que su bondad y misericordia lo acompañan todos los días de su vida.
Puedes orar imaginando la sala del banquete y escuchando la invitación del rey. Pregúntate qué excusa te impide entrar y pide el traje de fiesta, que es su gracia. Termina dando gracias porque, aun siendo de los caminos, fuiste llamado a sentarte a su mesa.
El traje de fiesta representa la vida dispuesta a acoger al Señor. No se trata de una apariencia externa, sino de una actitud interior de conversión y comunión. El rey lo ofrece, pero hay que aceptarlo y vestirlo. Entrar sin él es quedarse fuera de la alegría del banquete.
El texto bíblico corresponde al Leccionario de la misa del rito romano. Reflexión y comentario: Online Catholic Mass.
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